Autoexigencia y perfeccionismo

Hay personas que viven con la sensación constante de que deberían estar haciendo más. Más cosas, mejor hechas, más rápido, sin errores, sin cansarse, sin fallar. Personas que, aunque por fuera parecen responsables, trabajadoras y perfeccionistas, por dentro viven con una presión constante que no se ve, pero que siempre está ahí.

Son personas que terminan algo y, en lugar de sentir alivio o satisfacción, lo primero que piensan es que podrían haberlo hecho mejor. Personas que, cuando algo sale mal, sienten que han fallado, pero cuando algo sale bien, sienten que simplemente han hecho lo que tenían que hacer. Personas a las que les cuesta descansar sin sentirse culpables, que sienten que siempre deberían estar aprovechando el tiempo, que tienen la sensación de que nunca llegan a todo.

Vivir así es vivir con una voz interna constante que te empuja todo el tiempo. Una voz que te dice que no es suficiente, que tienes que esforzarte más, que no te relajes, que todavía puedes hacerlo mejor, que los demás pueden con todo y tú también deberías poder. El problema es que esa voz nunca se calla, y vivir con esa presión constante cansa mucho, aunque muchas personas se hayan acostumbrado tanto a vivir así que ya ni siquiera se plantean que exista otra forma de vivir.

La autoexigencia no es simplemente querer hacer las cosas bien. Querer esforzarse, querer mejorar, querer hacer bien tu trabajo o cuidar tus relaciones es algo sano. El problema aparece cuando la exigencia deja de ser algo que te ayuda a crecer y se convierte en algo que te hace vivir en tensión constante. Cuando sientes que tienes que hacerlo todo bien, cuando te cuesta aceptar los errores, cuando te hablas mal cuando te equivocas, cuando sientes que no puedes parar, cuando descansar te hace sentir culpable, cuando si no haces cosas productivas sientes que estás perdiendo el tiempo, cuando tu autoestima depende de tu rendimiento y cuando hagas lo que hagas nunca sientes que es suficiente.

Muchas personas autoexigentes no lo son solo en el trabajo o en los estudios. Lo son en todo. En su forma de ser, en su físico, en su casa, en su papel como madre o padre, en sus relaciones, incluso en su forma de gestionar las emociones. Son personas que sienten que deberían poder con todo, que no deberían venirse abajo, que no deberían sentirse mal, que deberían ser fuertes siempre.

Es como vivir en una carrera que no tiene meta, porque cuando llegas a un sitio, ya estás pensando en el siguiente. Y cuando consigues algo, en lugar de disfrutarlo, estás pensando en lo que viene después o en lo que podrías haber hecho mejor.

El perfeccionismo muchas veces refuerza esta forma de vivir, porque desde fuera tiene recompensa. Las personas perfeccionistas suelen recibir reconocimiento, suelen hacer bien su trabajo, suelen ser responsables, suelen cumplir. Y eso hace que, aparentemente, el perfeccionismo funcione. El problema es que tiene un coste emocional muy alto.

Muchas personas perfeccionistas tardan muchísimo en hacer las cosas porque quieren que estén perfectas. Otras se bloquean o procrastinan porque les da miedo hacerlo mal. Muchas sienten ansiedad antes de entregar algo, le dan muchas vueltas a los errores, piensan durante días en lo que podrían haber hecho mejor, tienen miedo a decepcionar y sienten que su valor como persona depende de hacerlo todo bien.

El perfeccionismo no tiene tanto que ver con hacerlo perfecto como con el miedo a no ser suficiente. Por eso muchas personas perfeccionistas viven con ansiedad, con presión y con miedo a fallar. Porque para ellas fallar no es solo equivocarse, es sentir que valen menos.

La autoexigencia no aparece porque sí. Muchas veces tiene que ver con la historia de la persona. Con lo que aprendió cuando era pequeña, con lo que se esperaba de ella, con lo que pasaba cuando hacía algo mal, con cómo recibía el reconocimiento o el cariño.

Muchas personas autoexigentes han crecido en entornos donde había mucha exigencia, donde el error se criticaba mucho, donde había expectativas muy altas o donde el reconocimiento llegaba sobre todo cuando hacían las cosas bien. Otras han tenido que asumir muchas responsabilidades desde pequeñas, han tenido que madurar rápido, cuidar de otros, ser responsables antes de tiempo, y han aprendido que no podían fallar, que tenían que poder con todo.

Otras personas han aprendido que el cariño o la aprobación llegaban cuando hacían las cosas bien, cuando sacaban buenas notas, cuando se portaban bien, cuando no daban problemas. Y sin darse cuenta, han aprendido a relacionar su valor como personas con su rendimiento.

El problema de aprender esto es que entonces nunca puedes relajarte del todo, porque siempre tienes que estar demostrando algo. Siempre tienes que estar haciendo algo bien para sentir que vales, para sentir que eres suficiente, para sentir que estás a la altura.

Muchas personas autoexigentes no se tratan a sí mismas como tratarían a un amigo. Se hablan peor, se perdonan menos, se exigen más y se permiten menos errores. Cosas que entenderían perfectamente en otra persona, no se las permiten a sí mismas.

La autoexigencia sostenida en el tiempo suele acabar pasando factura. Aunque la persona siga funcionando, trabajando, cumpliendo y haciendo su vida, por dentro suele aparecer la ansiedad, el estrés, el insomnio, los bloqueos, la procrastinación, la baja autoestima, la sensación constante de no llegar, la dificultad para disfrutar de los logros, el cansancio mental y muchas veces una sensación de vacío difícil de explicar.

Muchas personas dicen algo que resume muy bien lo que se siente al vivir con autoexigencia: “Consigo cosas, pero no me siento bien”, o “Estoy cansado de vivir así, pero no sé cómo parar”.

Y esa frase es muy importante, porque muchas personas autoexigentes no saben parar. No saben descansar sin culpa, no saben bajar el ritmo, no saben hacer algo solo por disfrutar, no saben hacer algo sin que sea útil o productivo. Siempre hay algo que hacer, algo que mejorar, algo que organizar, algo que aprender, algo que solucionar.

Y así, poco a poco, la vida se convierte en una lista de tareas, en una lista de responsabilidades, en una lista de objetivos. Pero cada vez hay menos espacio para disfrutar, para descansar, para no hacer nada, para simplemente estar tranquilo.

Cuando una persona trabaja la autoexigencia en terapia no se trata de que deje de esforzarse ni de que se vuelva conformista. Se trata de aprender a vivir sin esa presión constante. Se trata de aprender a tener una exigencia sana en lugar de una exigencia que te machaca.

Se trabajan muchas cosas: la forma en la que la persona se habla a sí misma, la autoestima, el miedo a equivocarse, el miedo a decepcionar, la necesidad de aprobación, la dificultad para poner límites, la dificultad para descansar, la dificultad para priorizarse, la historia personal que hay detrás de esa exigencia.

Muchas personas descubren que llevan toda la vida hablándose mal a sí mismas, presionándose, tratándose con dureza, y que nunca se habían planteado que quizá el problema no es que no hacen suficiente, sino que la forma en la que se tratan es demasiado dura.

Poco a poco aprenden a hablarse de otra manera, a tratarse con más comprensión, a entender que equivocarse es normal, que no pasa nada por no llegar a todo, que descansar no es perder el tiempo, que parar no es fracasar, que su valor como personas no depende solo de lo que hacen.

También aprenden algo muy importante: que muchas veces la autoexigencia va de la mano de la dificultad para poner límites, de la dificultad para decir que no, de la necesidad de agradar, del miedo a decepcionar y de la sensación de que tienen que poder con todo.

Quizá una persona podría plantearse pedir ayuda psicológica cuando siente que nunca es suficiente, cuando le cuesta mucho desconectar, cuando se siente culpable cuando descansa, cuando se habla muy mal cuando se equivoca, cuando tiene ansiedad o estrés, cuando le cuesta disfrutar de lo que consigue, cuando siente mucha presión interna, cuando le cuesta parar o cuando siente que su autoestima depende demasiado de su rendimiento.

No hace falta estar completamente mal para pedir ayuda. A veces basta con estar cansado de vivir en esa presión constante, en esa sensación de no llegar, en esa sensación de que hagas lo que hagas no es suficiente.

Porque el problema de la autoexigencia no es hacer mucho. El problema es sentir que nunca eres suficiente hagas lo que hagas.

Y vivir así, a largo plazo, agota a cualquiera. Porque es vivir en una carrera constante, es vivir intentando llegar a un sitio en el que por fin puedas relajarte y pensar que ya está, que ya es suficiente, que ya puedes parar.

Pero ese sitio casi nunca llega, porque cuando una persona es muy autoexigente, siempre hay algo más que hacer, algo más que mejorar, algo más que demostrar.

Por eso, muchas veces, el trabajo no está en hacer más, sino en aprender a parar, en aprender a tratarte mejor, en aprender a entender que tu valor como persona no depende solo de lo que haces, en aprender que equivocarte no te hace menos válido, en aprender que descansar no te hace peor, en aprender que no tienes que poder con todo para ser suficiente.

Porque hay algo que a muchas personas les cuesta mucho creer, pero que es muy importante: que no tienes que hacerlo todo perfecto, que no tienes que llegar a todo, que no tienes que poder con todo, para ser suficiente.

Que aunque te equivoques, aunque un día no puedas más, aunque no llegues a todo, aunque no seas perfecto, sigues siendo suficiente.

 
 

 

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Ana Belén Buzón
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