Cómo poner límites sin sentirte culpable

Hay personas que sienten que siempre están para todo el mundo.

Si alguien necesita ayuda, ahí están. Si alguien les pide un favor, dicen que sí, aunque estén cansados. Si en el trabajo hace falta alguien que asuma más tareas, se ofrecen o aceptan sin protestar. Si un amigo necesita hablar, dejan lo que están haciendo para escuchar. Si su pareja se enfada, intentan arreglarlo cuanto antes, aunque no tengan claro qué han hecho mal.

Son personas responsables, empáticas, que se preocupan por los demás, que intentan no hacer daño a nadie, que intentan que todo esté bien. Personas que, desde fuera, suelen ser vistas como muy buenas personas, muy disponibles, muy fáciles de tratar.

El problema es que muchas de esas personas, por dentro, están agotadas.

Agotadas de no tener tiempo para ellas. Agotadas de hacer cosas que no quieren hacer. Agotadas de decir que sí cuando quieren decir que no. Agotadas de sentirse responsables de todo y de todos. Agotadas de tragarse lo que sienten para que no haya problemas.

Y muchas veces, además del cansancio, aparece la ansiedad, la irritabilidad, la sensación de injusticia, la sensación de que dan mucho y reciben poco. Y luego, además, se sienten culpables por pensar eso.

Porque el verdadero problema no es solo poner límites. El verdadero problema es que muchas personas se sienten malas personas cuando intentan poner límites.

Se sienten egoístas. Se sienten culpables. Sienten que están fallando a alguien. Sienten miedo a que la otra persona se enfade o se aleje. Así que, para evitar esa culpa o ese conflicto, vuelven a hacer lo de siempre: adaptarse, ceder, callarse, aguantar. Y poco a poco, sin darse cuenta, se van dejando a sí mismos para el final.

Poner límites no es volverse una persona egoísta, fría o que no se preocupa por los demás. De hecho, las personas que más necesitan aprender a poner límites suelen ser precisamente las personas que más se preocupan por los demás. Poner límites es, en realidad, aprender a respetarte y a cuidar tu bienestar emocional.

Poner límites significa decir lo que necesitas, decir lo que te molesta, decir lo que no te parece bien, decidir qué estás dispuesto a hacer y qué no, decidir cuánto tiempo das a los demás y cuánto te das a ti, proteger tu tiempo, tu energía, tu espacio y tu bienestar emocional.

Un límite no es un castigo para el otro, es una forma de cuidarte tú.

Pero a muchas personas nadie les ha enseñado esto. Han aprendido más bien lo contrario: que hay que ayudar, que hay que estar para los demás, que no hay que molestar, que hay que ser buena persona, que decir que no está mal, que enfadar a alguien está mal, que decepcionar está mal. Y así, sin darse cuenta, han aprendido a callarse, a aguantar, a adaptarse y a ponerse siempre en último lugar.

El problema de no poner límites es que, cuando tú no marcas hasta dónde pueden llegar los demás, los demás no saben dónde estás tú. Y sin mala intención, muchas veces acaban ocupando tu tiempo, tu espacio y tu energía.

A la mayoría de las personas no les cuesta poner límites porque no sepan cómo hacerlo. Les cuesta por lo que sienten cuando lo hacen. Porque poner límites implica enfrentarse a emociones muy incómodas: culpa, miedo, inseguridad, sensación de ser mala persona, miedo al conflicto, miedo a decepcionar, miedo a que se enfaden, miedo a que te dejen de querer, miedo al rechazo.

Por eso muchas personas prefieren seguir como están, aunque estén mal, antes que enfrentarse a todas esas emociones.

La dificultad para poner límites suele tener mucho que ver con la autoestima y con la historia de la persona. Muchas personas que hoy no saben poner límites han aprendido desde pequeñas que tenían que portarse bien, que no podían molestar, que tenían que ayudar, que tenían que ser responsables, que tenían que cuidar de otros, que enfadar a alguien era peligroso, que decir que no tenía consecuencias, que para que les quisieran tenían que comportarse bien, que las necesidades de los demás eran más importantes que las suyas.

Y ese aprendizaje se queda. Y se convierte en una forma de funcionar en la vida: intentar que todo el mundo esté bien, aunque tú no lo estés. El problema es que intentar estar bien con todo el mundo suele significar no estar bien contigo mismo y afecta directamente a tu autoestima y a tus relaciones.

Muchas personas llevan años sin poner límites y sienten que cada vez les cuesta más. Sin darse cuenta, entran en un círculo: dicen que sí aunque quieran decir que no, evitan el conflicto para que nadie se enfade, los demás se acostumbran a que siempre están disponibles, cada vez les piden más cosas, cada vez tienen menos tiempo para sí mismos, aparece el agotamiento emocional, la ansiedad, el estrés, pero cuando intentan poner límites, se sienten culpables, así que vuelven a decir que sí.

Y el problema se hace cada vez más grande.

Además, muchas personas que no saben poner límites se responsabilizan de cómo se sienten los demás, intentan que todo el mundo esté bien, se callan lo que sienten, evitan el conflicto a toda costa, se exigen poder con todo, piensan que sus problemas no son tan importantes y se ponen siempre en último lugar.

A corto plazo, no poner límites evita discusiones y evita sentir culpa. Pero a largo plazo genera ansiedad, estrés, agotamiento emocional, baja autoestima, resentimiento, problemas en las relaciones y la sensación de no tener vida propia.

Muchas personas que no saben poner límites no explotan hacia fuera. Explotan hacia dentro: ansiedad, tristeza, insomnio, somatizaciones, sensación de no poder más.

Cuando una persona empieza terapia porque no sabe poner límites, en realidad no se trabaja solo la frase que tiene que decir. Se trabajan cosas mucho más profundas: la culpa, la autoestima, el miedo al rechazo, la necesidad de aprobación, el miedo al conflicto, la dificultad para expresar lo que se siente y la dificultad para priorizar el propio bienestar emocional.

Y también se trabaja la parte práctica: aprender a decir que no, aprender a expresar lo que se necesita, aprender a decir lo que molesta, aprender a tolerar la culpa sin echarse atrás, aprender a tolerar que alguien se enfade, aprender a priorizar el propio tiempo, aprender a cuidarse y aprender que no eres responsable de todo el mundo.

Muchas personas descubren en terapia algo muy importante: que poner límites no es que los demás estén peor, es que tú empiezas a estar mejor.

Quizá podrías plantearte buscar ayuda psicológica si te cuesta muchísimo decir que no, si te sientes culpable cuando priorizas tu bienestar, si sientes que siempre estás para todos menos para ti, si te sientes saturado la mayor parte del tiempo, si tienes ansiedad, si te sientes con agotamiento emocional, si sientes que das mucho y recibes poco, o si llevas años funcionando así y cada vez estás más cansado.

Pedir ayuda psicológica no significa que seas débil. Muchas veces significa que llevas demasiado tiempo haciéndote fuerte para todo el mundo menos para ti.

Aprender a poner límites no es dejar de ser buena persona. Es empezar a ser buena persona también contigo. No es dejar de ayudar, es dejar de hacerte daño por ayudar. No es dejar de querer a los demás, es empezar a quererte también a ti. No es volverte egoísta, es dejar de abandonarte.

Porque poner límites no es alejar a los demás. Es dejar de alejarte de ti.

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Ana Belén Buzón
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